
BRUCKNER: SINFONÍA Nº 9 – SERGIU CELIBIDACHE
La Sinfonía nº 9 en Re menor podría llamarse la Sinfonía Inacabada de Anton Bruckner, puesto que el último movimiento Finale, no lo llegó a terminar por motivos de salud. Se dice que recomendó hacer oír en el concierto, como final de ella, su Te Deum. Así parece ser que hizo cuando los tres movimientos acabados fueron presentados al público el 11 de febrero de 1903 en Viena bajo la dirección de Ferdinand Löwe, no sin alteraciones que supusieron durante mucho tiempo la ejecución de una versión no auténtica de la obra (el propio Löwe aseguró la publicación). A partir de 1932, felizmente, se volvió a la versión original, publicada entonces bajo los cuidados de Alfred Orel; las ediciones de Robert Haas y Leopold Nowak siguieron a ésta, idénticas excepto en algún detalle. Hoy en día, pues, se toca la Originalfassung sin que se plantee ningún problema de interpretación crítica.
Los movimientos de la Sinfonía nº 9 de Anton Bruckner son:
1. Feierlich, Misterioso (solemne, misterioso). En la forma de sonata con tres temas, comienza con un largo preludio (sesenta compases), que hace surgir un amplio tema en valores largos (en compás de 2/2), clamado por las ocho trompetas in crescendo, después in diminuendo. Sólo a continuación aparece el tema principal, en tutti fortissimo, en acordes descendentes de octava. Un segundo tema (en 4/4) aparece piano en los violines, líricamente expresivo, y facilita rápidamente una repetición de la trompeta. El tercer grupo temático está compuesto por dos elementos, uno expuesto en re menor y el otro en sol bemol mayor. El desarrollo utiliza varias ideas en una especie de crescendo continuo, tensión de la que nos libera la reexposición, y llega entonces repetición ordenada de los temas de base, que los metales llevan a una intensidad ‘sobrehumana’, como si estuviéramos al borde del infinito.
2. Scherzo (indicado Bewegt, lebhaft, -movido y vivo-). Colocado también en segunda posición, como en la Octava sinfonía. «Una cima dantesca, un infierno en el que se retuercen aquellos a quienes se les ha negado la esperanza», en palabras de Harry Halbreich. «Temas sin piedad… armonías alteradas, orquestación ácida», como ha señalado Jean Gallois, todo está hecho como para evocar un mundo apocalíptico de condenados. Pizzicato de la cuerda sobre el que se inscriben las rápidas figuras gesticulantes de la flauta, y la sequedad rechinante de los violines… Pesados e incesantes martilleos rítmicos, implacablemente asestados. Como contraste evidente, el trío, sonriente, casi ingenuo con los saltarines dibujos de la madera y el lirismo de la cuerda, mientras danza con gracia un ritmo en dosillos (en 3/8).
3. Adagio (Sehr langsam, feierlich, -muy lento y solemne-). No hay una tonalidad exactamente fijada, si bien existe un boceto, fechado en 1890, en si mayor. Se impone aquí la estructura de rondó, pese a la exposición en forma sonata. El primer tema, en 4/4, se descompone en varios elementos: salto inicial de novena mayor, de un carácter doloroso, en los violines (tocando en el bordón), sostenidos inmediatamente por el resto de la cuerda y las trompas. De ese salto de novena se acordará Mahler también al principio del Adagio con el que finaliza su propia Novena. Como segundo elemento, más claro, más confiado, las cuerdas agudas tocan, en semifusas, seguidas de un amplio motivo de los metales. Finalmente, el autógrafo Abschied vom Leben (Adiós a la vida), traducido en forma de coral que hacen resplandecer la tuba. Este coral nos lleva al segundo grupo temático, que contiene dos ideas: una, en la bemol mayor, en los violines, amplia y lírica, aunque expresa resignación; la segunda, en semicorcheas, provista de diversas variaciones. En el desarrollo alternan libremente dos temas. Y entonces, en un último y poderoso tutti que cubre casi la totalidad cromática, el mundo terreste parece abolirse y se entreabren ante el «menestral de Dios» las puertas de la Eternidad…
La obra termina casi en un susurro en Mi mayor.
Hoy podemos escuchar esta Sinfonía nº 9 de Bruckner interpretada por la Munich Philharmonic Orchestra dirigida por Sergiu Celibidache, del que el pasado día 28 de junio se cumplió el centenario de su nacimiento. Celibidache es tan conocido por ser uno de los grandes directores del siglo XX como por su lengua afilada y mordaz a la hora de calificar tanto a compositores como a otros directores de orquesta. Nos vamos a quedar con lo primero, y otro día ya haremos una selección de las «perlas» de Celibidache dedicadas a otros músicos.