El canto del trovador ha atraído a Leonora al jardín. El conde está en las sombras, y ella, confundida por esa oscuridad, cree que se trata del trovador y se lanza en sus brazos. Al aparecer éste en el jardín y encontrarla junto al conde, la acusa de ser infiel, pero ella enseguida le dice:
«…Creía dirigirme a ti, no a él…
Es solo a ti a quien
mi alma quiere y desea…
¡Te amo, lo juro, te amo
con inmenso y eterno amor!»
Aplacada la ira del trovador, el que se enfurece entonces es el conde, que exige que el trovador se identifique. Cuando dice su nombre, Manrico, el conde reconoce en él a un rival político, y su enfado crece. Manrico le dice que lo entregue a la justicia, retándole.
Leonora quiere apaciguar a los dos rivales, pero sólo consigue que el conde dicte esta sentencia:
«¡No!
¡Arde en mí el tremendo fuego
de un amor celoso y despreciado!
Tu sangre, oh desgraciado,
no bastará para apagarlo! (a Manrico)
¡Te atreviste, oh loca, a decirle ‘te amo’!
Ya no puede vivir…
Las palabras que pronunciastes
lo han condenado a morir» (a Leonora)
En ese instante las espadas se convierten en protagonistas.
